
"Crecí en un país en que la "fraternidad" y la "unidad" se cuidaban como si fueran la niña de los ojos, pero a la par se cuidaban esterotipos relativos a los miembros de esta fraternidad. Vivía rodeada de eslovenos que eran "tacaños", de eslovenas que de todas las integrantes de esta "fraternidad" eran las que con más facilidad se levantaban las faldas, de montenegrinos que eran unos "vagos", de croatas que eran unos "maricas" y "cursis", de serbios que eran unos "palurdos brutos", "zafios", de macedonios que eran unos "campesinos de pueblo", de albaneses que de algún modo no eran personas, de musulmanes que en lugar de cinco dedos en los pies tenían seis, de una minoría italiana que comían gatos y de los ya citados gitanos que "robaban niños pequeños". Y no obstante vivía en un medio interesante por encima de todo."
Dubravka Ugresic - No hay nadie en casa. Anagrama
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